Como primer ejercicio, a mis alumnos nuevos, les suelo proponer que durante dos semanas escriban algo que les haya ocurrido a lo largo del día usando la «técnica del blog». El trabajo consiste en, a través de la mirada y de la voz, convertir lo «cotidiano» en «literario», lo aparentemente banal y aburrido en interesante y profundo.

Ser escritor no consiste solo en «inventar», sino en afinar la mirada para ver lo extraordinario en lo que nos rodea. Al margen de que los relatos que nos guste escribir sean realistas, fantásticos o de ciencia ficción, al margen de que se apoyen en hechos reales o inventados, hemos de entrenarnos en ver lo que permanece invisible para el resto de las personas.

Lo cotidiano es aburrido por el automatismo con el que solemos vivir la vida. Nos pasa a todos: no podemos vivir con intensidad y plenitud todos los instantes de nuestra existencia. Pero sí podemos abrir una brecha de vez en cuando en ese automatismo para observar las cosas de otro modo, de nuestro propio y particular modo. Esa brecha es la literatura. Si escribimos de verdad (implicándonos a fondo en nuestras historias) nuestra vida cotidiana se tiñe de intensidad. Si ponemos atención en los pequeños detalles de nuestra vida hasta sacarlos de la rutina, eso beneficiará a nuestras historias.

La división que solemos hacer entre «cotidianeidad» (como algo aburrido y monótono per se) y «aventuras» o «fantasía» o «situaciones increíbles» creo que se basa en ideas preconcebidas que hay que ir revisando. Muchos autores han convertido lo aparentemente rutinario en algo extraordinario (me está viniendo a la mente Pessoa o Proust, pero hay mil; también el realismo sucio o muchos autores postmodernos juegan con eso). Por otro lado, lo increíble puede ser un verdadero tostón si está escritp de una manera rutinaria y gris.

Porque la rutina o el automatismo no están en el exterior (en realidad no hay nada fuera que no pase por nuestro filtro para poder ser percibido), sino en nuestra propia mirada. Y eso se puede cambiar: es una cuestión de trabajar con la atención, de tomar contacto con nuestras emociones, con los pequeños detalles, con la presencia… En realidad no hay fuera ni dentro, ni hechos objetivos en contraposición a hechos inventados. Todo lo vivimos desde nuestra más absoluta subjetividad. Eso sí, tenemos que entrar en contacto con cómo vivimos.

Este entrenamiento de la mirada y de la voz consiste precisamente en conectarnos (a nosotros mismos y, por lo tanto, a la vida en general). Hay que seleccionar una parte de ese aparente muro gris de cotidianeidad, abrir un boquete y profundizar un poquito más de lo que lo hacemos habitualmente. Merece la pena, no solo para el que abre el boquete, sino para los que podemos mirar al otro lado del muro.