Estoy en mi despacho, delante del ordenador, y aparece Ari.

—¿Qué tal estás, mamá? —me pregunta.

Lo miro y le paso el brazo por la cintura.

—Un poco triste, cielo, pero ya se me pasará.

Me abraza, compungido.

—No pasa nada por estar triste, mi amor —le digo—. Eso quiere decir que soy sensible.

—¿Yo soy sensible? —me pregunta.

—Dímelo tú. ¿Qué crees que es «ser sensible»?

—¿Que lloras fácilmente?

—No tiene por qué ser solo que lloras…

—¿Que te ofendes fácilmente? —dice, dubitativo.

—No, tampoco —le digo, acariciándole el pelo.

Nos quedamos callados los dos, abrazados, hasta que me pregunta con dulzura:

—¿Que te rompes fácilmente?

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