Elmo y Ari se han levantado pronto y se han venido a mi cama. Elmo está acatarrado, y cuando Elmo está acatarrado se enteran hasta los vecinos del primero (vivimos en un sexto). Tose como si se fuese a dar la vuelta, escupe enormes flemas viscosas que nos muestra con satisfacción y los mocos le salen hasta por las orejas. Ari, a su lado, lo mira con asco y escepticismo. Le pongo el termómetro.

—No tiene fiebre, mami —dice Ari—. Se lo está haciendo.

Mientras esperamos, en un intervalo entre toses y escupitajos, Elmo me pregunta:

—Mami, ¿te acuerdas de aquella vez que me di un golpe en la cabeza y luego vomité once veces?

—¿Tantas? —pregunto, extrañada.

—No hagas caso, mami —dice Ari—. Elmo es un exagerador profesional.

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