Le estoy cortando las uñas de los pies a Ari, que se queja sin parar. Cuando voy a atacar la diminuta uña del dedo meñique, me dice:

—Mamá, no, por favor, eso sería como mandar a la guerra a un bebé.

* * *

Salimos del metro en Tirso de Molina. Veo algo que brilla en el suelo. Le digo a Ari:

—Mira, Ari, una moneda.

Ari la recoge del suelo. Es un pequeño pero brillantísimo céntimo. Me la da y me dice, sonriente:

—Toma, mamá, para ti. Te lo tienes que quedar. Nos ha llovido del suelo.

* * *

Vamos por la calle y Ari se me queda mirando.

—¿Esos pendientes son nuevos, mamá?

Llevo unos pendientes verdes alargados que no me suelo poner.

—No son nuevos, cielo. Me los regaló Markus en Lisboa. Pero es verdad que me los pongo poco. ¿Te gustan?

Ari asiente y me dice:

—Parecen dos trocitos de hierba que te cuelgan de las orejas.

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