(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Cuando basamos un relato en alguna evocación de nuestra infancia, parece que nos cuesta introducir elementos que intensifiquen el conflicto y el cambio porque, en contraste con lo que ocurrió (o con nuestra interpretación posterior), nos parecen exagerados o fuera de lugar.

También se aprecia la dificultad para acercar la voz del narrador al protagonista-niño; nos aferramos muchas veces al adulto que evoca lo que ocurrió, que en realidad no importa mucho para la trama, y da la impresión de que el niño estuviese ya demasiado maduro desde el principio, lo que difumina el conflicto y el cambio.

Por último, hay que convencerse de que lo que uno cuenta es importante, al menos lo fue para el niño que lo vivió, o al menos lo ha de ser para el personaje de nuestro relato (se parezca más o menos al niño que realmente lo vivió). En este punto uno se juega la trascendencia del texto; el escepticismo no es una buena postura narrativa para este tipo de relatos.