[Extraído de La aventura existencial de Elmo y Ari (I)]

Venimos de comprarle a Ari una bici con ruedines. De camino a casa, va practicando. Yo le voy dirigiendo, y en un ratito ya ha aprendido a dar pedales, pero tiene que ir mirándose los pies todo el rato y nos vamos chocando con la gente y con las paredes.

—Ari, tienes que mirar al frente y manejar el manillar, cielo.

Ari mira al frente, se enreda con los pedales, se queja, vuelve a intentarlo. Atravesamos Callao.

—Muy bien, Ari, muy bien, los pedales ya los llevas fenomenal. Ahora solo te queda dirigir el manillar.

Llegamos a la plaza de los Cines Luna. No puedo soltar a Ari, porque si le suelto se estampa contra las farolas.

—El manillar, amor, el manillar —le repito.

Ari se concentra, mira hacia adelante, pero la bici se va a donde le da la gana.

—Ay, Ari, que me pillas —protesta Elmo—. Pareces un pato mareado. Coge bien el manillar.

Bajamos por la calle San Roque hasta Pez. Cuesta abajo es más difícil ayudarle, y la calle es estrecha. En una de esas Ari se sale a la carretera y está a punto de pillarle un coche.

—¡Ari! ¡Cuidado! A ver, tienes que dirigir el manillar, si no te desvías, cielo.

—¡Mamá! —grita Ari angustiado—, pero ¿qué es el «manillar»?