Desde que salimos del colegio, me voy peleando con Ari. Primero, se le ha olvidado el libro de matemáticas en el colegio y mañana tiene un examen. Luego va provocando a su hermano durante todo el camino. Cuando llegamos a casa le tengo que repetir varias veces que se ponga el aparato de los dientes. Después no quiere hacer los deberes… Estallo definitivamente cuando le veo que está meando en el baño sin levantar la tapa, y le grito sin medida.

—No es para tanto, mami… —le defiende Elmo—. Lo de la tapa ha sido sin querer, y mira, no la ha mojado ni nada…

—Tú no te metas —le digo, señalándole con el índice.

Ari se marcha a su habitación cabizbajo, y yo me encierro a trabajar. Al cabo de un rato viene y me pregunta bajito.

—¿Puedo tener ahora mi media hora de tablet?

—¿Te parece que hoy te has portado como para eso? —le digo, muy seria.

—Perdón… —musita Ari.

—Ya, Ari, pero es que no puede ser… —le digo—. A mí no me gusta enfadarme ni castigar, pero…

Y es verdad, odio enfadarme con los niños, y eso me hace enfadarme más y sentirme fatal. Ari permanece en silencio, con cara de angelito.

—Anda, venga, vete con tu tablet media hora —le acabo diciendo, aunque sé que pasar al extremo contrario no es la solución.

Ari sale de mi habitación, triunfante. Oigo la voz de Elmo desde el baño.

—¿Sabes, mami? Tú tienes dos partes: una parte buena, cariñosa, comprensiva… Y otra parte de bruja que se enfada, nos grita y nos regaña.

Lo que me dice se clava como una flecha envenenada en la herida abierta en el centro de mi corazón.

—¿Y qué te parece que podemos hacer con esas dos malditas partes? —le digo con desesperación.

Vuelvo a oír su voz, conciliadora:

—No, si es estupendo que tengas dos partes, porque usas cada una justo cuando tienes que usarla.

—Ya, ya… —refunfuña mi parte bruja, que no se cree nada.

Sin embargo, la flecha envenenada de antes se ha convertido de pronto en desinfectante: la herida duele a rabiar, pero comienza a curarse.