(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Cuando uno habla en un relato de su madre «de verdad» a veces resulta difícil profundizar en la narración, primero porque duele, y segundo, porque sentimos una desagradable sensación de desnudez, de striptease emocional.

De hecho, aunque uno trabaje con hechos ficticios, solo logrará hacer buena literatura cuando perciba esa sensación de que está poniendo sus entrañas en un escaparate público. Para ello hay que desprenderse de pudores, corsés y prejuicios que es normal que llevemos a cuestas en la vida, en la que tenemos que ser buenas personas y ciudadanos respetables, pero de los que conviene desprenderse en la narración para serle fiel a lo que queremos transmitir.

Así que más vale convertir —antes de trabajar con ella— a nuestra madre real en una madre de ficción.