—¿Cómo? —me dicen al unísono con los ojos muy abiertos y fijos en mi respuesta.

—Yago —contesto.

—¡Bien! —grita Elmo.

—¡Bravo! —dice Ari.

—Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué tanta alegría? —les pregunto, extrañada.

—¡Por fin un nombre normal! —dice Ari.

—Pero bueno… Si vosotros tenéis unos nombres preciosos…

—Si claro, no te digo… —dice Elmo con cara de fastidio.

—Mira, mamá —dice Ari, con voz condescendiente—, no es por ofender, pero es que Ari es nombre de chica, ¿sabes?

—Qué va a ser nombre de chica… —digo, escandalizada—. Es un nombre de chico-chico.

—Es un nombre de chica, mamá, te pongas como te pongas. ¿Sabes lo que pone en mi libro de lectura? Pues pone: «Inés saca a pasear todos los días a su perrita Ari» —concluye, con un rictus de amargura en la boca y una mirada fija, dolida y penetrante que no da cabida a añadir nada más sobre el asunto.