(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Antes de comenzar un relato o una novela, hemos de plantearnos si vamos a poder vivir en el pellejo del personaje a lo largo de la escritura del texto. El escritor ha de empatizar con sus personajes (y no solo con el o la protagonista; también con los secundarios, el antagonista, etc.). Los personajes son partes constitutivas del autor que adquieren vida propia.

En la novela especialmente el autor ha de acabar comprendiendo a su protagonista hasta en sus mínimos resquicios; esto es un proceso, pero ya desde el principio ha de posicionarse en su punto de vista del mundo, y asumir los mandos desde ahí.

Y no solo el escritor ha de identificarse con su protagonista (desde el mismo comienzo), sino que también ha de hacerlo el lector. La identificación es lo que hace que quiera seguir leyendo. Se empieza a interesar en la historia en el momento en que narrador y personaje (a cuatro manos o a dos, en el caso de que coincidan) logran implicarlo en los hechos.

La implicación del lector no se logra por los hechos en sí. Una pelea, una cena de Nochebuena, un atropello o que un señor se despierte convertido en insecto no son un gancho de por sí, sino solo unidos a un personaje que lo esté viviendo de un modo especial, para quien «eso» suponga algo importante, vital.

Si esperas a que el lector empatice en el capítulo dos, tres o cuatro, te arriesgas a que abandone el libro en el segundo, en el tercer o en el cuarto párrafo.