(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Lo de poner nombre a nuestros personajes no es ninguna tontería. A no ser que premeditadamente necesitemos despersonalizarlos, no viene mal que se llamen de alguna manera, incluso a veces que se apelliden. Es una forma muy sintética —y por tanto, una herramienta esencial para el cuentista— de circunscribirles: con leer una sola palabra el lector sabe si son hombres o mujeres, si son hispanohablantes o no, y de todas las posibilidades dentro de ello, automáticamente quedan circunscritos a las «Ruths», los «Pedros», las «Manolas» o los «Gumersindos».

¿Verdad que no es lo mismo que un relato se titule «Mi aventura con él» que «Mi aventura con Klaus»?