Hay un segmento del camino del aprendizaje de la escritura en que todos pasamos por una crisis. Y tiene que ver con darnos cuenta de que escribir no es lo que pensábamos. Una alumna mía lo expresa muy bien en un mensaje al grupo: «quizás simplemente no valga para escribir y no he querido verlo; a veces es necesario abrir los ojos y admitir las cosas; y mira que cuando escribo […] me evado y no veo nada más allá». Quizá (como ella muy bien intuye) escribir no tenga mucho que ver con «me evado y no veo nada más allá», y sí sea algo mucho más cercano a «abrir los ojos y admitir las cosas». Lo único que ocurre es que esa segunda premisa (por estar demasiado habituados a la primera) la asociamos con el «no valgo» en lugar de asociarla con un «ahora es realmente cuando estoy aprendiendo».

Hay una etapa en este aprendizaje que es prácticamente ineludible, y es esa en la que uno se pregunta (o se lo pregunta a su profesor de creación literaria): «¿Valgo o no valgo para escribir?». Después de que muchísimas personas me hayan hecho esta pregunta, sé dos cosas:

a) la primera es que antes he de dejarme arrancar las extremidades una a una que contestarla;

b) y la segunda es que es una pregunta muy sintomática que señala el momento del aprendizaje en el que está el alumno o alumna, y que he de aprovechar para pegarle un empujón.

Porque cuando uno se pregunta eso está haciendo tres cosas:

a) la primera es desviar la responsabilidad de sus propias capacidades al «otro», alguien (un profesor, los lectores, Dios…) o algo (el destino, la fatalidad, el karma, los genes…) que decide por nosotros si «valemos» o «no valemos», que alza el pulgar arriba o lo deja caer abajo para decidir quiénes somos nosotros, para ponernos una etiqueta de «escritor» o «escoria» que nos marcará de por vida y nos librará de la reponsabilidad y el esfuerzo de seguir caminando en la cuerda floja de nuestra propia incertidumbre;

b) la segunda es tratar de librarse del esfuerzo que conlleva el aprendizaje de cualquier oficio o arte u oficio artístico;

c) la tercera cosa que uno hace es desviar la atención del presente y proyectarla hacia un futuro, porque la preguntita de marras apunta a lo venidero (¿podré llegar a ser escritor o no?), y lo que pasa cuando desviamos la atención al futuro, es que no podemos trabajar con lo que tenemos a nuestra disposición en este mismo instante.

Nos hacemos (o hacemos) esta pregunta en un momento en que lo estamos pasando fatal, obviamente. Nos sentimos frustrados porque ya empezamos a ver por dónde van los tiros pero aún no somos capaces de manejar las herramientas de una forma fluida. Y además nos creemos que va a ser así para siempre jamás, sin darnos cuenta de que lo que estamos haciendo en realidad es aferrarnos a esa supuesta imposibilidad y alargarla innecesariamente. Pero el caso es que uno lo pasa fatal y tirar la toalla es la vía de escape que encuentra. Total, no tiene sentido estar metido en esto (invirtiendo un montón de energía y pagando un dineral) para sufrir como un cerdo en el matadero; porque masoquista uno no es, ¿verdad?

En ese momento lo que yo sugiero es dejar espacio dentro de nosotros a estas reflexiones y otras que vendrán por sí solas y que, sea lo que sea lo que nos acabemos contestando, provenga de la honestidad y del enfrentarse a lo que hay, y no del escapismo, la evasión o el autoengaño.

Siempre hay soluciones (y a veces muy sencillas) para trabajar con el momento actual o la fase del aprendizaje en la que nos encontramos. La decepción y el malestar son consustanciales a la toma de conciencia de nuestras capacidades y limitaciones, pero en nuestra mano está (decepcionados y todo) ponernos a trabajar desde ese punto en el que nos encontramos, buscar desde el presente el camino que mejor nos vaya para avanzar o, por el contrario, decidir que quizá no es el momento, o que no queremos invertir esa energía, o… Sería convertir la pregunta «¿Valgo o no valgo?» en «¿Quiero o no quiero?», y contestarla desde la honestidad y el respeto hacia uno mismo.

Porque esa es otra, la dichosa preguntita del valgo o no valgo es autoexigente y despiadada en extremo, ya que lleva implícita la posibilidad de anularnos por completo —aplastando nuestra valía personal, algo indestructible, afortunadamente— con respecto a una actividad importantísima —casi vital— para nosotros. Es un poco como cortarnos la cabeza a nosotros mismos.

Y el caso es que la situación real quizá no sea tan tremenda. A lo mejor simplemente se trata de poner más atención a las explicaciones que uno introduce en sus relatos, o a trabajar con la voz narrativa desde otras focalizaciones, o… A lo mejor no es como para preocuparse, sino para alegrarse de haber descubierto por dónde van los tiros… si no fuese por esa puñetera sobredosis de exigencia y crueldad que uno se autoimpone en esa etapa del camino. Pero es solo una etapa, y cuanto más conscientes de ello seamos, antes se desprenderá como una costra podrida.