(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Un narrador puede emitir juicios sobre los personajes a su antojo, siempre que el hecho de que lo haga sea un apoyo —y no funcione como una distorsión o una desviación— para la trama.

Conviene, no obstante, que esos juicios que emita no actúen a modo de explicaciones, y se conserve intacta la capacidad interpretativa del lector; es decir, que aunque el narrador dé su opinión sobre el resto de los personajes, el lector pueda realizar su propia interpretación sobre la historia y no se vea encajonado por las ideas del narrador.

También es importante que los juicios pertenezcan realmente al narrador, y no trasluzcan una manipulación por parte del autor para plasmar sus propias opiniones sobre lo narrado. En ese caso, el personaje parecería una mera marioneta en manos de alguien que quiere imponer una visión concreta al lector.

Mientras se cumplan estos tres requisitos, a saber, que los juicios de valor apoyen la trama, que el lector pueda interpretar el texto al margen o a través de dichos juicios y que estos no sean opiniones camufladas del propio autor, la tendenciosidad del narrador puede funcionar como un recurso cualquiera, igual que la ironía, el sarcasmo o la ternura de la voz narrativa.