—Mamá, me quiero cortar el pelo.

—Anda, ¿y eso?

—No sé, pero quiero cortármelo.

—Ah, pues genial, esta tarde vamos a la peluquería.

Aunque me cuido bien de exteriorizarlo, por dentro doy saltitos de alegría, porque esta va a ser la forma de que Elmo por fin se quite el gorro que lleva puesto desde el principio del invierno a todas horas y que se ha convertido para él en una mezcla de objeto fetiche, cueva en la que esconder su inseguridad, elemento estético grunge y método para llamar la atención.

Mientras vamos a la peluquería me dice:

—¿Sabes, mami? Estoy un poco nervioso.

—¿Y eso? —le pregunto.

—El lunes viene una chica nueva a clase.

—¡Ahí va! —digo—. Eso tiene algo que ver con lo de cortarte el pelo, ¿no?

Elmo me mira de reojo sonriendo y se pone como un tomate. Decido que mejor no decir nada más. Cuando salimos de la peluquería, Elmo no está muy convencido del corte que le han hecho, y en casa se tira por lo menos media hora tratando de arreglarlo frente al espejo del baño.

—¡Mami! —grita, rabioso—. ¿Cómo me puedo quitar este remolino?

Desde que era un bebé, Elmo tiene un enorme remolino en la coronilla, al que todo su pelo queda supeditado irremediablemente.

—Los remolinos no se pueden quitar, Elmo. Lo mejor que puedes hacer es dejar que el pelo se oriente a su favor. De todas formas —miento—, no se te nota casi.

Elmo emite un gruñido y sigue luchando contra las fuerzas de la Naturaleza.

Por la noche, cuando voy a darle un beso de buenas noches, se revuelve en la cama como un león.

—¿Estás nervioso? —pregunto.

—Sí —me dice—. ¿Cómo será?

—¿Cómo quieres que sea?

—Guapa, lista y maja.

—¿Y si es guapa y lista pero no es maja?

—Bueno —dice, Elmo, encogiéndose de hombros.

—¿Y si no es guapa pero es lista y maja?

Elmo frunce los labios y niega con la cabeza.

—Pues vaya —digo, decepcionada—. Lo lleva claro la pobre chica.

Cuando al día siguiente vamos hacia el colegio, Elmo se junta por el camino con algunos compañeros de su clase y se ponen a cuchichear y a gesticular. Los padres y madres nos miramos y no necesitamos decirnos nada más.

Esa tarde le pregunto a Elmo:

—¿Qué tal la chica nueva?

Elmo se encoge de hombros.

—Se llama Alice —dice.

—¿Es maja?

—Psí —dice—. ¿Dónde está la merienda?

Y ya no se habla más del tema.

Por la noche, cuando voy a darle un beso, le veo abrazado a sus piernas y con el ceño fruncido.

—¿Qué te pasa? —le pregunto.

—Nada —dice—. Estoy pensando en algo que me haga tener ganas de levantarme mañana. Si no, no me duermo.

Trato de ayudarle.

—¿La carrera de cross? —se me ocurre.

—Hale, la carrera es dentro de un siglo, mami… —dice, decepcionado.

—El examen de Science no vale, ¿verdad? —le digo, irónica.

Me estrujo la mente, pero no se me ocurre nada. Ya no hay chica nueva que valga.

—Venga, déjate de tonterías y a dormir —digo, finalmente, y le abrazo muy fuerte—. Te quiero, mi amor.

—Te quiero, mami —me dice con voz tristona mientras se deja abrazar.

Al cabo de un rato estoy en mi cama a oscuras, dando vueltas y más vueltas, sin pegar ojo. Siento una especie de desasosiego, como si cayera en un enorme remolino contra el que de poco vale luchar. De pronto me doy cuenta de que llevo toda mi vida necesitanto para dormirme algo que me haga tener ganas de levantarme al día siguiente (unos zapatos nuevos, un chico nuevo, un trabajo nuevo, una casa nueva, una nueva fantasía).

Pero nunca había sido capaz de verbarlizarlo.