(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Cuando usamos un narrador cámara, no hay que tomarse al pie de la letra lo de «cámara». Así como cuando uno escribe un guión (en un guión siempre se usa un narrador cámara, obviamente) sí que hay que procurar que la voz sea, si no impersonal y fría, sí neutra, cuando uno escribe un relato puede ser un error usar este tipo de voz.

Ningún narrador es totalmente aséptico, y más vale que no lo sea. En literatura no existe la objetividad. El narrador cámara ha de dar la apariencia de objetividad, en el sentido de que no se inmiscuirá en la mente de ningún personaje; potenciará en el lector, de algún modo, la sensación de asistir a unos hechos como si estuviese mirando por el ojo de una cerradura. Pero esto es un simple truco. Una cámara de cine, por ejemplo, enfoca determinados hechos de una forma muy intencional, manejada por un director en base a un guión previo; enfoca a determinados personajes (más a unos que a otros) y determinados objetos (y no otros), aparecen determinados diálogos y otros se omiten, se desvelan unos hechos y no otros…

Si una cámara de cine no es objetiva (en el sentido de neutral), en un relato o una novela el narrador (por más que no se meta en la mente de los personajes) lo es menos aún. Cada frase, cada adjetivo, la forma en que se narra cada pasaje, ha de estar enfocada a marcar el camino que queremos que siga el lector al leer la historia. Entonces, por más que sea importante que el lector sienta que el narrador no está tomando partido por nada ni por nadie, eso no es más que una especie de ilusión óptica. Claro que lo está haciendo. Toda historia (esté contada por el narrador que sea) ha de tener un protagonista, sacar a la luz su conflicto y propiciar un cambio.

Siguiendo con el símil, en un guión de cine lo que es el tono de la película no ha de ponerlo el guionista, sino que lo hará luego el director (y también el director de fotografía, los actores, etc.). Sin embargo, tanto el estilo como los matices de la voz y la modulación del discurso son extremadamente importantes en narrativa, una de las herramientas esenciales, máxime cuando el narrador está limitado en cuanto a su omnisciencia.

La misma expresión lo dice: narrador cámara. La palabra narrador ya implica que hay «alguien» (y no algo) ahí narrando la historia, aunque sea a través de un objetivo, igual que en un peli está el director y en fotografía está el fotógrafo. Este tipo de narrador no se puede poner a juzgar o a contar cosas desde dentro de los personajes, algo que sí estaría reñido con su esencia de «cámara», pero sí se pueda valer del estilo, de las metáforas, de una cierta modulación del discurso que se adapte a lo que está narrando.

Pongo el ejemplo de una frase extraída de un relato de una alumna: «Banner apartó el tirante de su vestido y la besó en el hombro y después, con besos pequeños y delicados, como trazando un camino, en la parte superior de la espalda y el cuello, hasta que llegó al lóbulo de su oreja». Sin faltar a la consigna del narrador cámara, está usando un lenguaje muy determinado. Podría haber usado un tono más frío: «Banner la besó en el hombro, y luego fue subiendo hasta llegar a su oreja». Básicamente, la información sería la misma, pero ya solo el hecho de detallar más la escena, de usar adjetivos como pequeños y delicados o la figura «como trazando un camino» está marcando un tono narrativo, que encamina al lector a vivir esa escena de una manera determinada.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que el narrador cámara es un tipo de narrador como otro cualquiera, y ejercitarse en él es importante, sobre todo al principio, ya que contrarresta la tendencia a contar la historia mediante abstracciones y reflexiones. Un escritor experimentado al que le dieran la propuesta de escribir un relato con un narrador cámara no tendría ningún problema en sacarla adelante, aunque habitualmente no use este tipo de narrador.

Por ejemplo, Saramago suele usar narradores omniscientes para sus historias, pero también tiene claro que de lo que se trata es de mostrarlas, y no de explicarlas, de que el lector vivencie lo que está ocurriendo, y no de que lo entienda. Es decir, si Saramago no usa un narrador cámara no es porque no sepa hacerlo. Y después, hay escritores más eclécticos, como por ejemplo Cortázar, cuyas narraciones juegan muchísimo más con estilos diferentes, distintos puntos de vista narrativos, juegos estructurales, etc.

Al principio hay que superar ciertas tendencias poco recomendables, como es usar el narrador protagonista o el omnisciente limitado para exponer la narración en forma de reflexiones, ideas y exposición explícita de los sentimientos; usar el narrador omnisciente para juzgar a los personajes; usar el narrador cámara o el narrador testigo para zafarse de la trama, del conflicto o de la signficación; usar el diálogo para informar al lector; etc.

Al principio solemos tener una idea errónea de lo que es «nuestra forma de escribir», porque lo que nos sale con mayor fluidez (o facilidad, o comodidad) suele estar escondiendo unas limitaciones o una incapacidad, una carencia técnica.

Por eso es bueno probar con muchos estilos, géneros y formas de narrar, adquirir flexibilidad, musculatura narrativa. Una vez que sepamos desenvolvernos con las herramientas que tenemos a nuestro alcance, entonces ya sí nos podremos permitir tender hacia un sitio o utro, porque tendremos claro el efecto que queremos conseguir en el lector y la mejor forma de hacerlo.

Será el momento, también, en que estemos en condiciones de dosificar lo reflexivo, lo digresivo o lo abstracto para enriquecer nuestras historias, y no para boicotearlas. Y también en que nos podamos fiar plenamente de nuestro instinto a la hora de elegir el tipo de narrador.