—Mami —me dice Elmo—. ¿Te imaginas que toda la ciudad se inundara y yo estuviera en el tejado de ese edificio y me tirase al agua desde allí?

—Qué horror, qué miedo —digo.

—No, ¡sería guay!

—Pero te ahogarías.

—No, porque tendría mi propio barco supermegaguay, donde tendría una cama enorme y una Play Station y me tiraría todo el día jugando al Call of duty.

—Pues vaya… —digo, algo decepcionada—. ¿Tú solo? ¿Y qué pasaría con los demás?

—No sé —dice Elmo, encogiéndose de hombros—. Me da igual.

Pongo cara de reproche.

—Bueno… —titubea—. Ellos también podrían salvarse. Pero yo estaría solo en mi barco.

—¿Y entonces dónde se subirían? —indago.

—Les dejaría otros barcos —afirma Elmo, generoso, y luego matiza—: Pero más pequeños y cutres que el mío.

—Pues vaya —digo—. Todo el mundo en barcos cutres y tú en el supermegaguay…

—Jo, mami, es que yo soy único…

Ari, que ha permanecido callado hasta ahora, mira muy serio a su hermano y dice con el aplomo de un filósofo:

—Todos somos únicos, Elmo.

Elmo se queda desconcertado por unos segundos. Solo unos segundos.

—Tú qué vas a ser único, subnor —dice—. Yo soy mucho más único que tú.