(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Cada tipo de narrador tiene sus peligros, y al principio es normal caerse de bruces en las trampas sutiles que nos tienden, y que tienen que ver con la fuerte tendencia que tenemos como escritores a escaparnos de la propia narración.

Con el narrador testigo, en particular, que en teoría sirve para acercar la historia al lector y hacerla más creíble (por eso de que «lo vi con mis propios ojos») se corre el riesgo de caer justo en lo contrario, de explicar lo ocurrido como si le contamos a un amigo en un bar la película que vimos el otro día. Esa película puede ser interesantísima, pero a lo máximo que vamos a alcanzar con nuestro relato, es a que a nuestro amigo le pique el gusanillo y le apetezca ir a verla para presenciar él mismo lo que sucede en ella.

Otra vertiente elusiva a la que nos puede llevar este tipo de narrador, y que me toca corregir a menudo, es que justo cuando llega el momento del clímax, en que el narrador ha de mostrarnos aquello que desencadena el cambio en el protagonista (a quien sigue de cerca), una incómoda columna se interpone entre él y la escena que tiene que mostrarnos, o le ataca una repentina sordera que le impide entender una palabra de lo que dice el protagonista, o de pronto cae una tormenta que le hace irse corriendo del lugar de los hechos.

El narrador testigo, pues, más vale que esté lo suficientemente imbricado en los hechos (como personaje) para que pueda, por un lado, sentirse de verdad implicado en lo que está contando y, por otro, presenciar directamente los acontecimientos y, tal como los presencia, mostrárselos al lector. Si el narrador mismo recibe la historia «de segunda mano» por parte del protagonista, o si no es realmente testigo de la parte fundamental de la narración, esta le llegará al lector, pasada por tantos filtros, ya desvaída, sin fuerza, plana y superficial.