—Mami, si lo que quieren es vender tabaco, ¿por qué en las cajas ponen que «Fumar mata»?

—Muy buena pregunta, mi amor —le digo, asombrada—. Eso no pasaba antes, ¿sabes? Cuando yo era pequeña los anuncios de tabaco eran de tíos muy cachas que atravesaban el desierto de Arizona a caballo…

—¿De verdad? —me pregunta Elmo.

—Sí —contesto—. La publicidad quería hacerte ver que el tabaco era muy bueno para la salud. Las empresas tabacaleras tenían mucho poder, y no permitían que la gente se enterase de que el tabaco era malo.

—¿Y la gente pensaba que era bueno? —pregunta Ari, incrédulo.

—La gente no pensaba mucho; se dejaba llevar o, para cuando pensaba, ya estaba enganchada… Menos mal que al final los organismos relacionados con la salud ganaron la partida. Pero, ¿sabéis que antes se podía fumar en los bares? Entrabas en un bar, y no veías nada del humo que había…

Elmo y Ari abren mucho los ojos, mientras yo recuerdo aquellas juergas en las que, a veces, a las tantas de la madrugada, me descubría con dos cigarrillos encendidos, uno en cada mano. Pero eso no se lo cuento.

—¿En serio? —me preguntan.

—Y tan en serio —digo, mientras bajamos las escaleras del metro—. Pero es que cuando yo era pequeña se podía fumar dentro del metro. Bueno, dentro de los vagones no, pero en el andén sí… —señalo con la mano extendida el suelo del andén—. ¿Os lo imagináis todo cubierto de colillas? Como una alfombra…

—¡Qué asco! —dice Elmo con una arcada, tapándose la boca y la nariz con las manos.

—¡Y en los cines! —digo, haciendo memoria—. También se podía fumar en algunos cines…

—Pero entonces… —dice Elmo, entrecerrando los ojos y tratando de imaginárselo.

—Sí, entonces apenas veías la pantalla por la cortina de humo —digo, sonriendo con nostalgia, acordándome de cómo entreví El muro, La naranja mecánica, El submarino amarillo, las pelis de Buster Keaton…—. Pero hay más… Cuando yo era pequeña había profesores que fumaban en clase…

Eso es el colmo para los niños. Pero eso es porque ellos no conocieron a Don Paco…

—¡Qué maleducados! —espeta Ari, con ceño reprobatorio.

Nos quedamos callados. Ellos, tratando de imaginarse aquellos tiempos de Sodoma y Gomorra, yo callándome las imágenes que me vienen a la cabeza de cuando empecé a impartir cursos de Creación Literaria y la clase parecía el interior de la torre Windsor el día del incendio y éramos felices en esa humareda creativa.

—Pero… ¿por qué? —pregunta Elmo.

Me encojo de hombros.

—Nos sentíamos interesantes, mayores, yo qué sé… Ahora no lo podéis entender, el tabaco tiene otro significado para vosotros, afortunadamente. Vosotros nunca fumaréis, ¿verdad?

Mientras entramos en el vagón y las puertas se cierran a nuestras espaldas, Elmo y Ari niegan con la cabeza enérgicamente, y yo añoro —por el resto de mis días— el glamouroso sabor de los malditos cigarrillos.