Y yo le contestaba que eso es lo que me gustaría saber a mí. En realidad, eso es lo que nos pasamos toda la vida ensayando los escritores. Buscar ese equilibrio es escribir.

Afortunadamente, y como dice mi maestra de meditación, el punto medio no es en realidad un punto sino un segmento. Es como cuando afinas un instrumento; la nota se te va para un lado, se te va para otro… Y de pronto entra en ese segmento en el que podemos complementarla con otras notas. No se trata de esa fórmula mágica o punto solitario y prepotente en que lo quiere convertir nuestro ego.

Todo músico y todo escritor sabe que juega con un margen, con un margen —curiosamente— de error y de imperfección en el que de pronto todo se pone en su lugar. Es cuando decimos como lectores: «Jo, esto lo podría haber escrito yo»; es tan frágil, tan humano, tan aparentemente simple y natural. Pero no es tan fácil, claro. Es cuando nos rendimos —y nos arriesgamos— a ese margen de error, cuando realmente estamos más pendientes de la resonancia de cada nota en el aire que de encontrar la perfección.