(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Es muy común que el escritor principiante escoja la primera persona para realizar una especie de interpretación de lo ocurrido de forma reflexiva, en abstracto, olvidando las acciones específicas y la concreción. Tenemos una enorme tendencia, que hemos de ir limando poco a poco, a explicar en lugar de mostrar.

Me da la impresión de que es este un vicio que nos viene de la lectura. Lo que hacemos como lectores es interpretar una serie de acciones de los personajes y unos hechos concretos, y abstraer una serie de conclusiones. Y cuando nos ponemos a escribir creemos —de forma inconsciente— que es dicha interpretación la que hemos de hacer llegar al lector de una forma literal, directa. Cuesta mucho acostumbrarse a que nuestro deber, como autores, es hilar una serie de hechos de tal forma que el lector pueda interpretar aquel sentido profundo que queremos expresar. Hemos de tomarlo casi como una cuestión de honor.

A menudo, pues, usamos la primera persona de forma equivocada. Aprovechamos que es el protagonista el que está experimentando lo que ocurre para trasladar al papel sus razonamientos y reflexiones, en lugar de ponerle a actuar. Y la primera persona no está para eso (aunque tampoco pasa nada porque de vez en cuando el personaje piense algo), sino para usar los matices de la voz narrativa y una focalización particular (la del personaje) sobre los HECHOS. Pero no hemos de olvidar que son esos hechos los que hemos de narrar, y no lo que piensa el personaje sobre ellos. En la misma forma de narrarlos irá la información necesaria para percibir la mirada particular que los está enfocando.