(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Lo bueno de la prosa poética es que uno puede aprovechar tanto los recursos de la poesía como los recursos de la prosa para dotar al texto de la máxima intensidad.

Como de lo que se trata es de transmitir un sentimiento, no tiene sentido aplicarle un argumento, pero suele venir bien tener un hilo conductor. Y a lo largo de esa progresión, un buen truco —se suele usar en poesía— es remitirse a un campo semántico o a una simbología común.

Por ejemplo, en El principito (aunque no sea poesía, como si lo fuera; es decir: lo es), el autor usa una serie de símbolos (las estrellas, el pozo, el agua, la serpiente, la rosa…) en base a los que, primero, crea un microcosmos literario con el que el lector se familiariza, un imaginario común; y una vez establecidos unos referentes y coordenadas íntimos, particulares para esa ficción en concreto, los relaciona y los usa en toda su intensidad. Esa intimidad (creada entre escritor y lector a lo largo del texto) hace que el capítulo XXIV, uno de los últimos del libro y en el que se congrega buena parte de esa simbología, sea de una extraña e inigualable belleza:

Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua.

—¡Ah —le dije al principito—, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!

—Mi amigo el zorro… —me dijo.

—No se trata ahora del zorro, muchachito…

—¿Por qué?

—Porque nos vamos a morir de sed…

No comprendió mi razonamiento y replicó:

—Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.

«Es incapaz de medir el peligro —me dije—. Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta…».

El principito me miró y respondió a mi pensamiento:

—Tengo sed también… vamos a buscar un pozo…

Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha.

Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente.

—¿Tienes sed, tú también? —le pregunté.

Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:

—El agua puede ser buena también para el corazón…

No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.

El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:

—Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve…

Respondí «seguramente» y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.

—El desierto es bello —añadió el principito.

Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin embargo, algo resplandece en el silencio…

—Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio…

Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un secreto en el fondo de su corazón…

—Sí —le dije al principito—. Ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.

—Me gusta —dijo el principito— que estés de acuerdo con mi zorro.

Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía: «lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible…».

Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: «Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme…». Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una racha de viento puede apagarlas…

Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.

En un relato, en un poema o en un texto de prosa poética conviene congregar las imágenes para profundizar en ellas, en lugar de dispersarlas. Se trata de cohesionar el sentido, no de disgregarlo.

Al principio se nos puede hacer artificioso trabajar una y otra vez sobre un texto que nos ha salido del alma y del tirón. Pero, ¿cuánto pensáis que puede tardar un poeta en dar por terminada una poesía? A mayor brevedad, mayor compromiso con el lenguaje, el ritmo, el tono y la significación. Nada puede sobrar ni nada puede faltar dentro del microuniverso de un poema, de una prosa poética o de un relato breve.

Hay que ir cultivando esa paciencia —esencial en el escritor— que no ha de provenir, ni mucho menos, del sacrificio, del esfuerzo desmedido o de la artificiosidad, sino de una especie de baile muy íntimo, muy lento y muy atento, de progresivo conocimiento y desnudez, con el lenguaje. Con su significante y con su significado.

Solo así descubriremos el pozo en medio del desierto, y podremos beber de él.