Sin embargo, el lector —y menos aún el lector de relato breve— no es ese animal ignorante, ciego y abúlico que queremos ver en él para no responsabilizarnos de nuestra propia escritura; y para darnos cuenta de eso solo tenemos que observarnos a nosotros mismos como lectores. Al revés, lo que necesita el lector es que le activen y le hagan jugar un papel importante en la construcción de la historia. Pero claro, para eso tiene que enterarse primero de a qué está jugando, cuáles son las reglas del juego, cuál es el valor de cada carta, etc. Y, una vez que se ha enterado, podrá jugar perfectamente el juego que le propongamos. Es más, no le gustará nada que le tratemos de gilipollas.

Y buena parte de las reglas del juego vendrían a ser eso a lo que llamamos «cánones», algo que al comienzo nos causa casi la misma desconfianza que el lector, como si los cánones fuesen una armada que viene hacia nosotros encabezada por un general imperturbable (el lector) para inmovilizarnos y arrebatarnos la última gota de creatividad.

Un mecanismo de defensa habitual que suele ponerse en marcha en nosotros para hacer frente a estas creencias es no querer hacer caso de las reglas y creer que la originalidad, el estilo propio y la maestría consisten precisamente en prescindir de cualquier tipo de premisa y hacer las cosas a nuestra manera. Diciéndolo de otro modo: pretendemos construir una catedral sin saber lo que es un ladrillo. De alguna forma, pensamos que atender a los cánones es solo para escritores facilones que nunca van a crear nada realmente bueno. Nosotros, sin embargo, nos ponemos grandes metas a la altura de nuestra inteligencia y nuestras expectativas.

Y de esta manera infravaloramos al lector, infravaloramos los cánones y, quizá, nos infravaloramos también a nosotros mismos.

Porque, al contrario de lo que le puede parecer a nuestra parte fantasiosa, no es nada fácil escribir según los cánones, igual que no es nada fácil llegar a poder interpretar una pieza de piano de una forma correcta. Y a veces el querer escribir fuera de las reglas es una forma de no admitir que no sabemos muy bien ni siquiera cuáles son estas ni cómo se usan.

A veces mis alumnos y alumnas (sobre todo al principio) me dicen que soy una defensora a ultranza de los cánones. Y, sin embargo, es más bien al revés, yo creo que todos los buenos relatos se salen por algún lado de los cánones. Y a mí me encanta ese riesgo que corren, incluso creo que es lo que les da la magia. Ahora bien, insisto en las técnicas básicas y más habituales porque considero que aprender a manejarse con ellas es la forma más sencilla de aprender, luego, a deshacerse de ellas (o a poder no hacerles ni caso). No digo que no se pueda aprender de otra manera, pero esta es la que propongo yo.

Claro que puede ser más fácil y entretenido meterse a construir una catedral que saber cómo se construye una pared de ladrillos… Pero quizá lo que yo propongo es que, antes de meternos a querer levantar una catedral, sepamos apreciar la riqueza que se esconde bajo una aparentemente sencilla pared de ladrillos, cuando uno la levanta a pulso con aquellos materiales con los que se va familiarizando, con mimo, con amor por cada ladrillo (al que incluso le pondrá un nombre), realizando cuidadosamente la mezcla para el cemento, etc… Y esa pared, aunque esté hecha con la misma fórmula con la que miles y miles de personas la han hecho antes, será única e inimitable. Aprender esto (que se llama arte), y aprender a sentir respeto por esto, me parece esencial para enfrentarse a la construcción de una catedral.

En cuanto al lector, de lo que se trata al escribir es de acabar siendo lectores de nosotros mismos. Es decir, escribo desde el punto de partida de que quiero jugar conmigo mismo a descubrir qué hay bajo la superficie de las cosas. Yo soy el demiurgo, yo soy el habitante y yo soy el observador. Los cánones, las reglas, los pentagramas o los sobreentendidos son esenciales para sostener todo eso que «no se dice», y que normalmente es lo más importante en cualquier relato. Incluso el relato más rompedor se sostiene sobre la ruptura de determinados cánones (y no otros). Escritor y lector han de estar hablando el mismo lenguaje. El escritor, de hecho, no es nadie; es solo un canal de significación.