(Extraído del libro 100 recetas exprés para mejorar nuestros relatos)

Cuando el narrador protagonista es un niño y lo que importa mostrar es el presente narrativo, no se puede usar exactamente el lenguaje de un niño (en ese caso no tendríamos margen apenas para narrar y la historia se empobrecería desde el punto de vista de una lectura adulta). Pero sí hemos de poner los medios necesarios para que al lector se lo parezca. Por ejemplo, se pueden narrar las acciones con un lenguaje algo más elevado y matizado que el de un niño, aunque hay que procurar no analizarlas ni elaborarlas tanto que se hagan inverosímiles.

En general, hay que tener un especial cuidado de que todo lo que tenga que ver con la mirada y las percepciones no esté tamizado por otra voz distinta de la del niño. Por ejemplo, si se usa la palabra «repulsivo» para referirse a algo que ve el protagonista, al lector le puede surgir la duda de si el niño usaría esa palabra (¿no diría quizá «horroroso» o «un asco»?). Es algo que percibe directamente el niño, y de esa forma directa ha de transmitirlo el narrador.

Intención y lenguaje han de ir, pues, íntimamente unidos.