Creo que esta frase (de la que arrancan las más de mil páginas de la novela) podría servir de máxima para cualquier aprendiz de escritor, porque la narratividad del cuento y la novela se basa precisamente en las dos grandes verdades que encierra:

  • A los lectores (y por tanto a los escritores) no nos interesa en absoluto que los personajes sean felices, sino que queremos que lo pasen realmente mal y nos muestren —a través de la identificación— cómo bandearnos con los conflictos vitales del ser humano.
  • No solo deseamos a los personajes la mayor infelicidad posible, sino que queremos acceder a ella de una manera totalmente particularizada. Así como la apertura que porporciona el amor o la felicidad es algo por su misma esencia incluyente, integrador y universal, el conflicto en sí entraña una serie de elementos muy concretos y tangibles que se ponen en lucha dentro un determinado ser humano. A lo universal solo hay una forma de llegar: a través de trascender las fuerzas en tensión de lo particular, y eso es lo que hacemos a través de la literatura.